TRASTORNO DEL ESPECTRO AUTISTA (AUTISMO)

El nombre de Autismo que literalmente significa “retirada a uno mismo” va dando paso al término más ajustado y aceptado por la comunidad científica de trastornos de espectro autista (TEA), debido a que son un grupo de alteraciones graves del neurodesarrollo, no una sola entidad, pero sobre todo en referencia a una dimensión de continuo autista más que a una categoría, con independencia del nivel de severidad con que produzca.

Los TEA vienen definidos como alteraciones en distintas esferas del desarrollo psicológico: Área Social, Comunicación y lenguaje, funciones de anticipación y flexibilidad y capacidad de simbolización.

Según los casos, la afectación será más o menos intensa y/o abarcarán más o menos funciones de las distintas áreas.

La incidencia (número de casos ocurridos) es difícil de especificar debido a los problemas del diagnóstico. Lo que sí es un hecho es que en los últimos años está aumentando el número de casos de forma espectacular. La Sociedad Nacional de Autismo sugiere un posible porcentaje de, al menos, 1 de cada 1.000 personas (91 por 10.000).

Por definición la edad de aparición es anterior a los 36 meses, aunque, lamentablemente suele detectarse muy posteriormente.
El diagnóstico del Autismo rara vez se da antes de la edad de dos años y con frecuencia mucho más tarde, a los 6 años. Aunque podría diagnosticarse en niños menores de 18 meses en la práctica no suele suceder.
Es de gran importancia una identificación temprana.

Al igual que con cualquier niño con necesidades especiales, una identificación temprana es esencial para permitir realizar cualquier tipo de intervención. En el caso del Autismo, ésta debe darse antes de que la desviación o el retraso de los patrones normales del desarrollo hayan progresado demasiado.

Signos de alarma en bebés

Hay que destacar que un diagnóstico sólo lo puede realizar un profesional cualificado. Muchos de estos signos pueden constituir un indicio para confirmar o descartar. Pueden darse en niños cuya evolución resulta ser completamente normal.

  • Los padres pueden percibir que sus hijos son diferentes de los otros de edades similares pero no son capaces de precisar cual es la diferencia.
  • Puede darse el bebé tranquilo, que no demanda nada y que rara vez llora o el bebe que grita y al que es difícil calmar.
  • Ausencia de sonrisa social – es decir provocada por los demás –
  • Escaso tono muscular (energía en los músculos).
  • Pueden manifestar comportamientos tales como girar, golpear con la cabeza y arañazos o golpeteo a las mantas cuando está en el carrito o en la cuna.
  • Evita mantener la mirada o bien tiene mirada demasiado fija o mira de “reojo” y brevemente, en los bebés esto último es lo más habitual.
  • No se interesa por otros niños y sobre todo por lo que les pasa, si lloran o están enfadados.
  • No se relaciona con los juguetes “haciendo cómo si” fueran lo que no son (a partir de los dos años).
  • Parecen tener problemas de audición, incluso pueden parecer sordos en las etapas más tempranas, en realidad tiene más que ver con su falta de reacción a lo que le rodea.
  • Algunos sonidos pueden producir mucha más angustia de lo que sería esperable a su edad.
  • Poco interés en la voz humana.
  • En el desarrollo social y juego es dónde los padres notan que no se interesan en aquellos juegos que implican interacción social y que otros bebés disfrutan (cu-cu-tras-tras, date-date, caballito trotador…), es decir por los que implican interacción con los demás.
  • Dificultades para mantener la atención, en relación a niños de su edad.
  • Tendencia a ignorar a las personas, preferencia por estar solos (más indicativo a partir de dos años).
  • No utilizan gestos comunicativos.
  • Les cuesta señalar con el dedo lo que quieren o no lo hacen.
  • Los bebés apenas manifiestan la curiosidad normal que, en general, es común al final del primer año.
  • Algunas madres de niños autistas perciben que a sus hijos les ocurre algo extraño.

Las evidencias demuestran que una intervención temprana produce una mejora a largo plazo en el niño, además de ayudar y apoyar a los padres en su cuidado.
Si la intervención temprana se demora el pronóstico es peor y, por tanto, mayores índices de dependencia futura.

La intervención que requieren es, en la mayor parte de los casos, altamente especializada, personalizada, continua a lo largo de todo el ciclo vital, extensa y generalizada.
Hay que acudir a expertos en autismo, no todos los profesionales lo son, aunque si lo sean en infancia.
La evolución y desarrollo de terapias y conocimiento de posibles factores que afecten de una forma u otra a la enfermedad, puede mejorar el pronóstico del autismo.

Del 75% al 90% de los afectados – según los estudios – presenta una deficiencia mental asociada de grado diverso, pero en la mayoría severo, que, por sí mismo, ya conllevaría una necesidad de apoyos extensos y generalizados, por la falta de autonomía a que da lugar.

Sus necesidades en cuanto a dependencia durante la etapa adulta se distribuyen porcentualmente, según diversos estudios, de la siguiente manera:
Del 10 al 15% consiguen una vida autónoma suficiente con una vida social independiente.

  • Entre el 15 y el 25% progresan a una vida autónoma pero con disfunciones conductuales y sociales.
  • Entre un 15 y un 25% no logran una vida independiente y necesitan de otros en el funcionamiento diario.
  • De un 35 a un 50% presentan imposibilidad de independencia.

A medida que una persona con TEA crece, sus problemas de relación y de comportamiento se hacen menos manejables que en la infancia; lo que socialmente se espera a su edad, no lo pueden hacer.

La rehabilitación sociolaboral es especialmente compleja en personas afectadas por TEA. Muy raras veces se consigue que se integren en un medio laboral.
En materia de empleo sólo las personas con TEA de alto nivel (Sy. de Asperger) podrían mantener un empleo normalizado o con apoyo, pero estos casos son un mínimo porcentaje de los TEA.

La mayoría se distribuyen entre Centros ocupacionales y centros de empleo especial, en caso de poder desarrollar estas actividades. Ya que es un hecho contrastado que, a medida que aumenta su edad, aumenta la institucionalización y la utilización de recursos meramente asistenciales. Muy pocas personas con TEA, llegan a vivir con suficiente independencia.

En esta etapa aumenta también el riesgo de padecer otros trastornos mentales asociados.

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