El presente informe, editado por la Organización para el Desarrollo y la Cooperación Económica (OCDE), analiza en qué medida el nivel de bienestar de los hogares condiciona el nivel educativo de sus miembros, y viceversa. El texto demuestra, a través de la revisión de numerosos estudios realizados al respecto, cómo un entorno social empobrecido tiende a reducir el rendimiento académico y las oportunidades educativas de quienes viven en él. Y a la inversa, cómo una educación escasa dificulta el acceso a empleos bien remunerados y, por tanto, a una economía desahogada. En su parte final, el artículo sopesa la eficacia de las diferentes estrategias socioeducativas que buscan romper este círculo vicioso.
La influencia de la desigualdad educativa en la desigualdad social comienza en la etapa preescolar, pues ya al inicio de la escolarización obligatoria, niñas y niños presentan mayores o menores destrezas (cognitivas o de otro tipo) según la posición social de sus familias. En esta línea, diversos estudios recomiendan impulsar la educación preescolar como una manera eficaz de combatir la desigualdad social. Las diferencias socioeducativas tienden a ampliarse durante
la escolarización obligatoria. El alumnado con menos recursos presenta un menor rendimiento académico y suele dejar el colegio a edades más tempranas. En la etapa postobligatoria, se observa que las personas de rentas más bajas cursan estudios universitarios en menor proporción que el resto y, cuando lo hacen, optan por carreras o centros que ofrecen menores beneficios económicos y sociales. Por último, la desventaja social se refleja también en la educación de personas adultas y en la llamada educación a lo largo de la vida (lifelong learning). Y es que quienes siguen formándose a esas edades son, sobre todo, las personas con mayor nivel educativo.
Información recogida de Hilero Eguneratuz (2007, enero) 72