Nuevas empresas al servicio de las personas

Fecha

24/01/2021

Medio

El Norte

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Desde los niños que en pleno crecimiento necesitan fomentar su propia autonomía a adolescentes con problemas de anorexia o ‘bullying’ y aquellos adultos con discapacidad que necesitan reforzar su propia independencia, la terapia ocupacional siempre trabaja para que todo tipo de personas practiquen, en cuerpo y alma, sus dinámicas diarias hasta incorporarlas a sus rutinas con naturalidad. Uno de los centros de Valladolid que desarrolla estas sesiones es Vocalia, en el que la terapeuta ocupacional Esmeralda Álvarez trabaja coordinando sus planes de tratamiento con logopedas y psicólogas, para potenciar al máximo la capacidad funcional de los pacientes.

«Fomentamos la autonomía pero también trabajamos la psicomotricidad a través de ejercicios de equilibrio y bipedestación», explica esta profesional, que ha trabajado a lo largo de su vida profesional en un centro de día de la provincia de Zamora hasta que, en octubre de 2019, vio la oportunidad de establecerse por su cuenta en Valladolid. Primero, contactó con otras colegas del Colegio Profesional de Terapeutas Ocupacionales; luego le tocó «arreglar papeles, bregar con gastos y esos trámites», y en poco tiempo montó su sala alquilada de la calle Paulina Harriet, en parte con el apoyo de las Subvenciones a Empresas de Nueva Creación que gestiona la Agencia de Innovación y Desarrollo Económico del Ayuntamiento de Valladolid. Hoy mira hacia atrás con cierto vértigo, recordando sus sudores con los papeleos: «Por suerte siempre tengo una asesora que me ayuda mucho, eso es lo que más me ha costado; todo lo demás es mi trabajo y no me supone tanto problema», comenta.

Los tratamientos ocupacionales que desarrolla Álvarez en Vocalia, centrados en niños, fijan su objetivo en «fomentar la autonomía y la independencia» de los más jóvenes: «Tienen que quitarse y ponerse el abrigo, si tuvieran problemas de manos o de memoria les enseñamos a través de juegos a hacer cosas para que las manos cojan fuerza», especifica la terapeuta ocupacional. La escritura o la lectura son otras áreas en las que se centran, si bien advierte que se trata «siempre de un apoyo extra para esos niños con ciertas dificultades al margen de la formación que reciben de sus padres y de sus profesores en el colegio».

Los más pequeños que llegan a sus sesiones, de dos o tres años, refuerzan rutinas como, de nuevo, ponerse y quitarse el abrigo, mientras aprenden con dinámicas lúdicas pequeños detalles para su día a día futuro: «El modo en el que hoy cogen la pintura o el lapicero puede determinar la manera en la que el día de mañana cogerán la cuchara», expone Álvarez. El refuerzo positivo y cierto margen para la improvisación –«siempre hay un plan B para situaciones imprevistas»–, son las últimas claves para estas sesiones, tan ligeras en apariencia, pero tan importantes en su trasfondo.

Problemas mayores

Con la adolescencia se abordan, o bien mediante sesiones de relajación o bien de descarga de adrenalina psicomotriz, problemas como la anorexia, el mal uso de las redes sociales, el ‘bullying’ o las dificultades para relacionarse: «Somos complementarios a un psicólogo; éste evita la depresión, nosotras nos enfocamos más a que su problema no interrumpa su actividad diaria».

«En el ‘bullying’ es fundamental que se vean útiles, así encuentran herramientas para encarar, no necesariamente de manera violenta, a sus agresores». De igual modo, las fobias sociales frecuentemente suscitadas por algún tipo de autismo o asperger, se enfrentan fomentando interacciones sociales reales y nada programadas, «como ir a comprar una camiseta y semanas después tener que ir a devolverla».

Las personas adultas que encaran la terapia ocupacional suelen sufrir discapacidad o daño cerebral: «Trabajamos mucho con situaciones en las que caminar o deambular se ven afectados, junto a actividades aparentemente sencillas de la vida diaria como comer, vestirse o ducharse». Su trabajo se encamina a motivar a los pacientes pero también a que los familiares no sufran el llamado ‘síndrome del cuidador’, que «puede llevar a depresiones y afectar de manera grave a quienes se obsesionan con estas atenciones y entran en un bucle rutinario».

La COVID-19 ha desencadenado una paradoja en establecimientos como Vocalia: tuvieron que cerrar en cuarentena y, tras el estado de alarma, «la gente era reacia a invertir en salud». Sin embargo, los problemas de autonomía en este periodo se han exacerbado: habla, movilidad… La necesidad existe, y el miedo a volver a estas sesiones tarda en perderse: «Por eso tenemos buenas perspectivas de futuro, aunque sea a largo plazo, lo vemos mejor si fijamos la vista de aquí a cinco años que si lo hacemos de hoy a seis meses».

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