Un taller de prevención para los trastornos de la conducta alimentaria en la Comunidad Valenciana

SID > Un taller de prevención para los trastornos de la conducta alimentaria en la Comunidad Valenciana

Autor/es

  • Mercedes Jorquera Rodero (dir.)
  • Rosa María Baños Rivera

Publicación

2008

ISBN

978-84-370-7435-1

Descripción física

Serie

Resumen

Este trabajo ha tenido como objetivo general el desarrollar un taller de prevención de los TCA, centrado en la influencia que pueden ejercer los medios de comunicación, y de forma más concreta la publicidad, en el desarrollo de estos trastornos, al estar considerados como uno de los posibles factores precipitantes y mantenedores de estas alteraciones (Ballester, De Gracia, Patino, Suñol, Ferrer, 2002; Calvo, 2002; Toro y Vilardell, 1987). En este trabajo se ha estudiado la eficacia de este taller, y también se han aportado datos sobre las creencias y actitudes que mantienen los adolescentes respecto al cuerpo, el peso, la comida, la propia imagen corporal y la influencia de los factores socio-culturales en el desarrollo de un modelo estético corporal concreto.

Por otra parte, hemos aplicado diversos instrumentos de evaluación (ASI, el CIMEC, el MBSRQ-AS, el EAT-40 y el EAT-26) a una muestra amplia compuesta, en su totalidad, por 8647 participantes, procedentes de varios colegios de las provincias de Valencia y Castellón. Los resultados obtenidos han indicado que estos instrumentos tienen bondad psicométrica para ser utilizados en muestras de adolescentes españoles. Los datos de fiabilidad y validez también avalan su uso. Las estructuras factoriales encontradas, en general, han mostrado pocas diferencias con los datos de los estudios originales. Además, en este trabajo hemos ofrecido datos normativos que pueden ser útiles para la evaluación de esta población. Asimismo, los resultados han indicado que las adolescentes femeninas obtienen puntuaciones más elevadas que los varones en todos estos instrumentos. Es decir las chicas tienen creencias más críticas y exigentes respecto a su imagen corporal y una mayor tendencia a presentar conductas de ingesta más restrictivas.

Estos datos están en la línea de todos los estudios anteriores que de manera unánime señalan que la población femenina tiene un mayor riesgo de desarrollar TCA (Hoek, 2003; Peláez, Labrador y Raich, 2005; Toro et al. 1989). Por otro lado, respecto al grupo lista de espera, al año de seguimiento, se ha observado que, al parecer, las creencias disfuncionales sobre la apariencia, el cuerpo y la comida tienden a aumentar conforme pasa el tiempo. Afortunadamente, este aumento de la influencia del modelo estético y los esquemas sobre la apariencia no va en paralelo con incrementos en otros correlatos a nivel comportamental, evaluadas a través del EAT-40, al menos en los chicos y en las chicas más jóvenes. Sin embargo, esto no ocurre con las chicas de más edad. Nos encontramos pues que el sexo y la edad son variables que interaccionan entre sí, y las chicas de 15-16 años son las que más incrementan sus puntuaciones tras estar un año en lista de espera. Todo ello nos lleva a concluir que este sector de población es especialmente vulnerable a los factores de riesgo a padecer un TCA, por lo que es completamente necesario realizar programas de prevención que amortigüen esta vulnerabilidad.

Por lo que respecta al que se podría considerar el objetivo más importante de este trabajo, la posibilidad de prevenir sobre los TCA, nuestros datos nos permiten afirmar que la prevención no sólo es necesaria, sino que es posible. Incluso cuando el programa incluía una única sesión, dirigida a fomentar el espíritu crítico respecto de los medios de comunicación y de la publicidad, los resultados indican que tal intervención tiene efectos positivos en la población adolescente, logrando disminuir de modo significativo sus puntuaciones en los cuestionarios utilizados. Es decir, incluso una intervención bastante sencilla y simple, logra cambiar las actitudes, comportamientos y creencias relacionados con la apariencia, el peso y la comida. Por desgracia, en la primera fase de nuestro trabajo no pudimos contar con medidas del grupo control pasado una semana, que nos permitieran afirmar con mayor fuerza que estos cambios pudieran ser atribuidos al taller. Como ya hemos indicado en otro lugar, ésta es una limitación importante de este trabajo.

En cualquier caso, creemos que los datos permiten afirmar al menos la utilidad de esta intervención, especialmente cuando se tiene en cuenta la edad y la “vulnerabilidad” de los participantes. El taller consigue cambios mayores en las puntuaciones del sector más joven de la población estudiada, y también de la población que partía de puntuaciones más elevadas en los instrumentos, es decir, de la población que se situaría en zona de “riesgo” y sería más vulnerable. Además, estos cambios se mantuvieron a los 6 meses después de realizado el taller. Aunque la mortalidad de la muestra fue muy elevada en el periodo de seguimiento, creemos que los resultados nos permiten ser moderadamente optimistas sobre la eficacia de la intervención. Tras estos primeros y prometedores resultados, nos planteamos hacer un taller dirigido más específicamente a la población “diana” más vulnerable: chicas con puntuaciones elevadas en los cuestionarios. Además, introdujimos cambios en el taller, para que fuera más participativo e incluyera contenidos más concretos a lo largo de dos sesiones (de una hora de duración cada una, con una frecuencia semanal).

Los resultados obtenidos con este segundo taller también fueron muy positivos. En general, se obtuvieron cambios en todas las puntuaciones medidas. Es decir, las participantes mostraron un cambio en cuanto a las actitudes, comportamientos y creencias relacionados con el peso, la comida y la imagen corporal, disminuyendo también la influencia de los agentes sociales como la publicidad, los modelos, etc., a la hora de definir su modelo corporal estético. Además, parece que las chicas más vulnerables fueron las que más se beneficiaron del taller. En este sentido, se encontraron cambios más importantes en las chicas del grupo de más edad (15 -16 años) y en las que tenían puntuaciones más elevadas en el EAT-26. Estos cambios se mantuvieron pasados 6 meses de la realización del taller.
En esta ocasión, sí que contamos con datos del grupo control, y pudimos observar que cuando no se interviene el resultado es justo el inverso: las puntuaciones tienden a aumentar.

Obviamente, también este segundo estudio cuenta con limitaciones, pero creemos que nos permite afirmar aún con más fuerza la viabilidad de la prevención en población de riesgo de padecer TCA.

Quizá, la labor que hemos desarrollado a lo largo de este trabajo no sea lo suficientemente ambiciosa como para poder hablar de intervención preventiva. Lo que sí es evidente es que, a pesar de todas las limitaciones que se le pueden señalar, los dos talleres realizados han provocado cambios en los participantes que lo han recibido, cambios observados tanto a nivel comportamental, como en cuanto a actitudes y creencias. Que además estos cambios son especialmente importantes en las chicas adolescentes, quienes constituyen población de riesgo en mayor medida que los chicos, debido a los cambios físicos y emocionales asociados a esa etapa (Fairburn et al, 1997, 1999; Toro y Vilardell, 1987). No obstante, no podemos “olvidarnos” de los chicos y destacar esta necesidad preventiva para ambos sexos.

Información recogida de Teseo (Bases de datos de las tesis doctorales leídas en las Universidades Españolas del Ministerio de Educación y Ciencia)

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